Más allá del hambre: el vínculo en la hora de comer
La hora de comer suele ocupar apenas unos minutos de nuestro día. Preparamos su comida, dejamos el plato y, probablemente, antes de que nos hayamos dado cuenta ya ha terminado.
Pero si convivimos con un perro, merece la pena detenernos alguna vez a observar ese momento.
Porque la comida cubre una necesidad básica, sí. Pero todo lo que ocurre alrededor de ella también puede convertirse en una oportunidad para comunicarnos, observarnos y cuidar nuestro vínculo.
Y para mí, como educadora canina, ahí está precisamente lo interesante.
Qué transmite la hora de comer a tu perro
Los perros aprenden constantemente de lo que ocurre a su alrededor. También de nuestras rutinas.
Saben reconocer determinados sonidos, movimientos y secuencias que anticipan lo que va a suceder. Probablemente, tu perro sabe perfectamente cuándo estás preparando su comida mucho antes de que el plato llegue al suelo.
Pero además de anticipar, también comunica.
Hay perros que esperan tranquilos. Otros se activan muchísimo. Algunos comen rápidamente y otros se toman su tiempo. Hay perros que se acercan y se alejan del plato o que muestran preferencias muy claras.
No necesitamos interpretar cada comportamiento como si escondiera una emoción concreta. Lo que sí podemos hacer es observar sin juzgar.
En casa lo veo continuamente porque convivo con perros muy diferentes entre sí. Mamba, Isla o Sira no viven necesariamente los mismos momentos de la misma manera. Y precisamente observar esas diferencias me recuerda algo que considero fundamental en educación canina: no existe “el perro”; existe el individuo que tenemos delante.
Por eso, la hora de comer también puede darnos información sobre él.
No para obsesionarnos con cada gesto, sino para conocerle un poquito mejor.
Cómo convertir la comida en un momento de conexión
Crear vínculo no significa convertir cada comida en un entrenamiento ni pedirle constantemente cosas a nuestro perro antes de permitirle comer.
De hecho, a veces conectar consiste justamente en hacer menos.
Podemos preparar su comida con tranquilidad, respetar su espacio mientras come y observar qué necesita. También podemos aprovechar determinadas ocasiones para ofrecer parte de su alimento mediante actividades de olfato o búsqueda, siempre que sean adecuadas para ese perro.
Y, sobre todo, podemos evitar que alrededor de la comida aparezca continuamente la exigencia.
“Siéntate”.
“Espera”.
“No”.
“Quieto”.
Enseñar determinadas habilidades puede resultar útil, pero la comida no tiene por qué convertirse todos los días en un examen de obediencia.
A mí me gusta mucho más pensar en ella como una de esas pequeñas rutinas compartidas que ayudan a construir previsibilidad y confianza.
Cuando preparo Food for Joe para mis perras, por ejemplo, no pienso únicamente en llenar un plato. Abrir su comida, prepararla y ver cómo cada una se relaciona con ese momento forma parte también de nuestra convivencia.
Food for Joe ofrece comida cocinada elaborada con ingredientes naturales y diferentes recetas adaptadas a las necesidades de los perros. La parte nutricional corresponde a los profesionales especializados; mi mirada aquí es otra: qué podemos hacer nosotros para que el momento de alimentar también sea respetuoso y agradable.
Porque la alimentación va más allá de la nutrición
Cuidar a un perro implica cubrir sus necesidades físicas, pero también ofrecerle seguridad, descanso, oportunidades para explorar, capacidad de elección, relaciones saludables y un entorno en el que pueda desenvolverse con confianza.
La alimentación forma parte de ese conjunto.
Por eso me gusta hablar del vínculo a la hora de comer.
No porque dar determinada comida vaya a crear automáticamente una relación mejor con nuestro perro. El vínculo se construye durante toda la convivencia y depende de muchos factores.
Pero sí podemos preguntarnos algo muy sencillo:
¿Cómo quiero que se sienta mi perro en los momentos cotidianos que compartimos?
Quizá ahí esté la verdadera oportunidad.
No solamente en qué ponemos dentro de su plato, sino en todo lo que hacemos alrededor: respetar sus tiempos, conocer sus preferencias, observar sus cambios y comprender que dos perros pueden necesitar cosas diferentes.
Al final, cuidar el vínculo no siempre requiere grandes planes.
A veces sucede durante un paseo.
O mientras descansamos juntos.
O cuando dejamos que huela durante cinco minutos aquello que parece no tener ninguna importancia.
Y otras veces sucede frente a un plato de comida.
Porque cuando empezamos a mirar las rutinas desde los ojos de nuestro perro, descubrimos que los momentos más cotidianos también pueden convertirse en una oportunidad para conocernos mejor.
Y quizá eso sea, precisamente, convivir: aprender a cuidarnos también en las pequeñas cosas.
Con cariño.
Beatriz
Psicopedagogía Emocional
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